No tan de casualidad me encontré con una hoja arrancada de un libro de Alejandro Jodorowsky en el que se mencionaban algunos “preceptos” para la vida que un padre había enseñado a su hijo:
“… Fija tu atención en ti mismo. Termina siempre lo que comenzaste. Haz lo que estas haciendo lo mejor posible. No te encadenes a nada que después te destruya. Desarrolla tu generosidad. Aprende a recibir y agradecer. No te dejes impresionar por personalidades fuertes. No emitas juicios cuando desconozcas la mayor parte de los hechos. No te vendas. No sigas modas. Respeta los contratos que has firmado. Sé puntual. No envidies los bienes o los éxitos del otro. Habla solo lo necesario. Realiza tus promesas. En una discusión ponte en el lugar del otro. Admite que alguien te supere. No elimines, sino transfoma. Vence tus miedos, cada uno de ellos es un deseo que se camufla. No te alabes ni te insultes. Trata lo que no te pertenece como si te perteneciera. No te quejes. Desarrolla tu imaginación. Si ofendes a alguien pídele perdón. No riendas cuentas a nadie, sé tu propio juez. Nunca te definas por lo que posees. Acepta que nada es tuyo. Si dudas entre hacer y no hacer, arriésgate y haz…”
Muchas veces qué tan lejos estamos de algunos “preceptos” y cómo enseñarle a un hijo a ser mejores que uno. Qué es lo que un padre le enseña a su hijo para la vida y cómo lo transmite. Qué tan importante puede ser la presencia del padre, qué lo hace necesario o acaso indispensable y qué es aquello que el padre puede dar que la madre no.
